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Ecuador a una semana del toque de queda

¿Cifras o soluciones reales? Tras una semana de toque de queda en cuatro provincias, el Gobierno reporta casi 900 detenciones, pero la sombra de la impunidad y el impacto en el comercio local ponen en duda si esta medida es suficiente para frenar una violencia que batió récords en 2025.

3/21/20262 min read

Ecuador cumple una semana bajo un nuevo silencio impuesto. En Guayas, Los Ríos, El Oro y Santo Domingo de los Tsáchilas, la noche ya no nos pertenece; le pertenece a una medida que se repite como una fórmula desgastada frente a una violencia que no da tregua. Mientras el Gobierno celebra la cifra de 897 detenidos como un triunfo de su "guerra", cabe preguntarnos: ¿cuántas de estas capturas se traducirán en sentencias reales o cuántas son solo parte de una estadística para el feed de redes sociales?

La captura de alias ‘Wiwi’ en Guayaquil y la destrucción de una pista en Los Ríos son golpes mediáticos necesarios, pero el país ya conoce este guion. Llevamos años contando armas incautadas y vehículos recuperados mientras las estructuras delictivas parecen regenerarse con una facilidad pasmosa. La seguridad, esa que tanto anhelamos, no puede medirse únicamente por la intensidad de los operativos nocturnos, sino por la capacidad del Estado de ocupar los territorios donde hoy la única ley que impera es la del miedo.

Lo que el discurso oficial no menciona es el asfixiante costo que esta medida traslada al ciudadano de a pie. En un país que sobrevive gracias al esfuerzo de sus emprendedores y trabajadores autónomos, el toque de queda es un golpe directo al estómago del comercio local y de aquellos que han hecho del sello "Hecho en Ecuador" un acto de resistencia económica.

Más preocupante aún es el cerco informativo. La prohibición de que los periodistas cubramos lo que ocurre entre las 23:00 y las 05:00 no es un detalle menor; es un síntoma alarmante. Una democracia saludable requiere transparencia, no un apagón de prensa justo cuando más necesitamos ojos ciudadanos vigilando el accionar de las fuerzas del orden. La seguridad no debería ser una excusa para la opacidad.

Declarar una nueva fase de la guerra tras un 2025 que nos dejó el desgarrador saldo de 9.235 asesinatos suena a una reacción tardía ante un incendio que ya consumió gran parte de nuestra estructura social. El toque de queda es, en el mejor de los casos, un torniquete necesario para una herida que sigue sangrando, pero no es la cura.

La pregunta que queda flotando al final de esta primera semana es si estamos ganando terreno al crimen organizado o si simplemente nos estamos acostumbrando a vivir en una tregua vigilada que, tarde o temprano, volverá a romperse.